En una barraca, pintada de rojo y verde a mano, un charlatán miraba con cuidado al público. Un cartel de la puerta explicaba simbólicamente que dentro había un espectáculo inimaginable, al que sólo se puede salir -nunca entrar- y que eso, lo siento, no se puede explicar con palabras. Habían colas enormes de gente aburrida de dar vueltas o comenzar una montaña rusa que no parecía acabarse. En la puerta del vagón rojiverde se instalaron, con otros colores, otras ferias pequeñas y un tiovivo y unas casetas de disparo al prójimo debidamente enmascarado de microzoo. Junto a estas se repetían otras colas de otros vagones de colores donde se enseñaba a salir, entrando.
Y los que salían no volvían a esperar, habían tocado el suelo. Y era cierto.