La mujer de Sergio gustaba de tirar el pescado por la ventana una vez oliese mal. La caída a cuerpo libre del pez le hacía parecer que se movía, pero sólo al principio, hasta que cogía una trayectoria definida y ya nadie miraba qué iba a pasar contra el asfalto. La basura de la cocina tampoco era muy correcta.
-Sergio, se quejan que no sale la sangre de la fachada.
- Si viviésemos al borde del mar.
Y Sergio Arellano Stark se ríe.
- Va a quedar la casa como los chorros del oro.

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