Cuentan la historia de un monje que se retiró al bosque porque ni de sus compañeros podía separar una idea sexual. Claro, las bestezuelas del bosque también eran un motivo. Y subió a lo alto de una montaña. Allá no se escuchaba ni el sonido de los pensamientos.
Pasó siete años construyendo una cabaña y organizando su dieta cuando, de improviso, una mujer vestida en harapos subió a lo alto. Morena y hermosa, pero ya sin ser joven, el asceta empezó a huir de ella hasta que la vio desfallecer de cansancio.
La recogió y durante dos días la alimentó como pudo. Como cuerpo, no le sugería la menor de las tentaciones. Ella se despertó y resulta que era una peregrina que iba purgando un pecado.
- ¿Y de qué pecado se trata?
Enrojeció y calló durante dos días. Al tercero el asceta volvió a
preguntar y ella confesó que había leído una traducción del Cantar de los cantares a la vez que una de los evangelios. Claro, al asceta todo aquello le daba bastante igual, pero tenía que mantener la compostura.
- ¿Sólo eso?
Y le explicó que había sentido cómo sólo el hombre es el partícipe directo de Dios, por que de él surge la primera creación y la costilla es la mujer. Desde el nacimiento de la mujer, los hijos de Adán y Eva son seres inacabados. Y Cristo vino aquí también para acabar con esa injusticia. Según El Cantar de los cantares, ella, anhelante de él, debe esperar a que descubra su rostro (su cuerpo entero) y lo hace porque ella ha trabajado todos los días lidiando con los instintos más bajos (las cabras). Así, Cristo en su pasión, descubre su cuerpo del todo, cuando los soldados se juegan sus ropas a los dados, quedando sólo frente al dolor purificado, al que
vence a la vez que a la muerte, como vence a las relaciones del amor, entregando a los discípulos la responsabilidad del mundo y María a Felipe, como madre e hijo. ¿Por qué no nos iba a entregar los unos a los otros? Después de Cristo el amor a los otros no sólo debe ser espiritual, sino que incondicional.
Y brilló la conciencia del asceta. Día a día estuvieron puliendo las
enseñanzas. Quisieron ver que no hay límite de amor si Dios es el
límite y la entrega a los demás no se ha de dar por lujuria, sino por
entrega. Esa idea se le quedó corta al maestro y, una noche, pidió a la mujer que le enseñase de qué clase de entrega hablaba.
Duró seis días la entrega, ya que al principio tímida, acabó demostrando ser una mujer hábil, sumisa y complaciente.
Aquella vida en la cumbre perdió pronto el sentido para el asceta, que pidió bajar y predicar la nueva a sus antiguos compañeros. La mujer se avergonzó. No quería exponerse a la burla. El hombre se veía impotente para demostrar lo que la unión del corazón, la cabeza y el pubis era mucho más fuerte que el único entendimiento de los ritos y convertía al hombre a un paso del Adán de la creación. Le rogó que bajase como fuese.
-Bueno, sólo hasta el monasterio.
Y en el monasterio ella se quedó en la puerta. Él entró y lo echaron a patadas.
- Eso te pasa por ir mal vestido.
Y le cubrió de unas ropas preciosas que, al parecer, tenía guardadas en el hueco de las raíces de un árbol a las faldas de la montaña. Eran vestidos y joyas y hasta unas alforjas de las que disfrutaron durante un par de días, ella desnuda, él vestido de mujer.
- Creo que ya podemos bajar a la ciudad. Allá nos entenderán las parejas que puedan convertirse.
El recién convertido asintió y, frente a las murallas, la mujer habló
con un chico y volvió llorando. El chico voló dentro del recinto. No le habían perdonado. No le dejarían poner su pie sobre la arena de la ciudad. Las lágrimas amargaron al asceta vestido de mujer que se ofreció a llevarlo como si fuese un burrito, ella desnuda sobre sus lomos. No tendría que tocar el polvo del camino. Ella, sin rechistar, aceptó.
Al cabo de media hora estaban entrando por la puerta grande, recibidos por una multitud de hombres y mujeres que alababan la belleza e inteligencia de esta mujer, que por los comentarios, el converso se pudo enterar de que era la prostituta favorita del rey. Le tiraban flores y algunos hombres, mal encarados, escupían sobre el animal de carga. Cuando decidió parar, la mujer pidió que llevasen a aquel hombre a su establo. El asceta, medio llorando, se separó de ella por primera vez en este tiempo. Ella entró al salón del trono y allá se decidió qué casas, qué joyas y terrenos le pertenecían. Había ganado la apuesta de bajar al "Santo" de lo alto de la montaña y traerlo atado a ella. El rey tuvo que retractarse de sus palabras.
- ¿Cómo has conseguido atrapar a un hombre así?
- Como a cualquiera. Diciéndole lo que quería escuchar.

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