El buroácrata fingía estar enfermo porque en la oficina lo habían acusado de sindicalista. Se había dado un día de fiesta para que las destrabajadas de su oficina pudiesen purgar todo el veneno que tuvieran dentro.
Y durante ese día el buroácrata miró fijamente al sol. Salió por el quiosco del final de la calle y estuvo en lo alto el resto del día. Fue un mediodía intenso, duró casi 24 horas en las que estuvo de completa baja. Le dolían los ojos cuando ya atardecía por detrás del campo de fútbol, dejando un horizonte lleno de grúas y de antenas.
Pidió con el café que se acabase la envidia y se levantó el sol por detrás del estadio.
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