Cuentan que Shadad, en su 639 cumpleaños se regaló un sueño. Convocó a una corte de astrólogos, músicos y psicoanalistas para que le provocaran el sueño de su vida. Lo tuvo y, según las crónicas, todo el mundo lo podía interpretar tan claramente que no hubo dos respuestas iguales.
El tirano Shadad también tuvo su versión, quizá la más fabulosa de todas. Fundó una ciudad, circular, de fachadas cerradas y crecida al lado de un río de perlas. También hizo bibliotecas nombradas por la piel de los animales sacrificados que forraba los libros: la geografía de los elefantes, la narración de los tigres, la teología de los camellos, la poesía de los grillos... En las calles sólo podrían pasear las mujeres desnudas y los hombres cubiertos de ricas telas. La comida era pública y existían mil palacios y mil mezquitas para que Alá no se encontrase. Esta ciudad se la regaló el mundo en su 969 cumpleaños y salió en marcha con el cartero.
Cuentan, que llegado al primer término, paró en Eram. La ciudad se había preparado a conciencia para recibir al tirano. Ellos serían otro jardín: habían demolido las casas y plantado durante un año los tipos de árboles más hermosos que conocía el maestro rural. Apenas habían brotado algunos y el lugar se había habitado y poblado rápidamente. El sol no era fuerte y Shadad estaba tranquilo. Se tumbó debajo de una palmera más pequeña de lo que él lo había sido nunca y se murió. Lo que las crónicas no recogen es que quizá, en esta última decisión, había decretado derogar su visión del paraíso.
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