A un sastre de mendigos le seguía un malhechor fervoroso, quizá con menos deudas y algo más buscado. Los negocios de uno se reflejaban en las prácticas de otro. Si se cruzaban en la ciudad el sastre hablaba de aquella vez que viajaron juntos y compartieron habitación.
A ambos los estrenaban las circunstancias, tenían conocidos similares y, si bien el sastre no practicaba deportes, sí tenían gustos parecidos. Trabajaban con la misma gente, quizá la única del pueblo, pero a uno y a otro les traían regalos y deudas distintas.
Una vez muertos descubrieron que uno y otro habían compartido diario y libro de cuentas. Algo más en su forma de envejecer los había atado e la semejanza, si no en la unidad.

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