Se extrañaba al ver un pozo, escuchar una canción que se cortaba en un instante, una bombilla apagada, un bostezo. Se metía en los forros de terciopelo y le gustaban los muebles obesos, inamovibles, imposibles de montar. Era incapaz de admitir el desorden, excepto si otro lo tenía como norma. Algo de la vida también le sabía raro y podía pegarse días tumbada en la cama, feliz, observando cómo, por un instante en el cielo, el sol parece girar y no es improbable que lo incompleto le fuese extraño.