En el hayedo, oscuro por las costumbres de la luz, no me ha visto el caracol sobre la piedra. Parece que ambos respirasen con pulmones intercambiables, pero él danza más que en la quietud y, mirando atrás, no está solo. Pero poco le importa, los testigos devoran. Él atiende al interior de una morera, se acerca a algo que cambia más rápido y deja el rastro de la piedra, lo que ella no pudo elegir y le he añadido. Ambos no distinguen estas formas de ojos de luz abiertos entre las sombras de las ramas o el calor irrespirable detrás del margen de los huertos de donde vengo. Son cosas que he inventado, como las montañas o las pendientes: su imagen misma, piedra sobre piedra, el caracol encaramado a una concha vacía. Sobre esta, quiero creer que la suya es más parduzca, pero el animalito es más gris entre la muerte de las hojas.

Me acerco y alcanzo un viento premonitorio; como un gesto de victoria el caracol levanta los ojos. ¿Verá cómo sus dioses se tumban y lo extenso reaparece en lo conocido como una piel de la lluvia?

Has venido a este mundo a perderlo en el blanco de la cáscara, sin mapa y con un cadáver presentido donde reconociste la continuidad de tu espalda. Este calor no apila los pasos y tú, que vas estriando el mundo, quizá sin la intención de que se te parezca, enjabonas la piedra como a un familiar que no respira. A los dos os miro y como si de todo hablase, la concha estéril del suelo en silencio prueba lo que se movió para dejarnos sitio.