Tengo en la mano el abanico de las respuestas. Es más fácil usarlo que otros remedios caseros como los sueños. Me doy aire hasta que me surja lo que necesito. Es como un dictado o un escalofrío, vienen de fuera y uno puede llegar a modificarlos según llegan. La pregunta que te haces al sentarte en el sillón va perdiendo las cáscaras y uno descubre qué dentro está la fruta. Y por si fuera poco estas respuestas aparecen sin intervención propia o, mejor dicho, cuando uno piensa en cualquier otra cosa. Distraerse también es cuestión de paciencia.
Con los meses de aire he notado que a la vez que ocupo el sillón, abanico en mano, también me siento y me abanico a diez cuadras de aquí.
Ese que vivo en otro barrio le sorprende que funcione tan bien un abanico tan tradicional y quizá por eso lo intentamos probar incluso cuando no nos hace falta: para ver si deja de acertar.
Hoy no tengo ninguna pregunta, de hecho, me encuentro tan tranquilo que procuro pensar en nada y agito el aire tan cargado de costumbre como lo parecía antes. La tarde es tranquila y el sol abre demasiado las cosas, más oscuras así, miradas al borde de lo inconcebible. En el silencio, el otro que camina sentada distancia se ríe un poco más alto.