Tenía dos trucos básicos. Pensar en las declinaciones griegas (sólo se sabía las de pan, pasa, pan) y las de imaginarse sus rodillas, tan despegadas y redondas. Esas rodillas sólo soportaban el peso de un cuerpo que baila y a saber en qué se distrae mientras que, el polvo de fin de semana, tenía que recurrir a estas técnicas para aguantar un poquito más y que el pabellón quedase bien alto.