Después de la discusión anduvieron todo el día a un ritmo de locos. La carrera era personal y en silencio. Rebufaban y tenían que demostrar quien bajaba antes una pendiente o cómo se podían bordear mejor un río. H, más pequeña y espigada, no podía con el ritmo y asumió el otro juego: caminar extremadamente despacio.
Descubrió lo que cansaba realentizar todos los movimientos. Ver como J se le perdía en la lejanía y se quedaba sola. El corazón pronto se le acompasó y la respiración era una brisa más. Entre los trigales y los campos yecos, iba tan despacio que se oye crecer.