Una rana, en lo alto de un mojón, sin saber por dónde había una charca y animada por el último chaparrón esperaba en el km 6 del camino. Se le podía escuchar compitiendo con las chicharras y haciendo sol, sobre el cemento caliente, amasando el bochorno con los ojos. En frente, un charco en el que H casi mete un pie.
- Habrás dejado tus huevas llenas de renacuajitos.
Y J miraba al charco tan turbio que parecía aquel cielo de la tarde: encapotado y sin sol.
- ¿Dónde has dejado los huevos?
Y la rana croaba, indiferente. Entonces pasó un tractor. Se había oído de lejos, pero creían que era de otro camino. Lo conducía un paisano de visera de tela blanca y una camisa de cuadros celestes. Sonreía y, con las mangas recogidas hasta los codos, saludó. Los amortiguadores apenas sintieron el paso por los charcos.
Cuando se volvieron la rana había desaparecido del mojón y los charcos habían dejado una mancha negruzca esparcida por el camino.
- ¡Y las huevas!
H vibraba de rabia, llenándolo todo, más que el trueno. Tendría que volver a llover.

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