Uno de los informadores de Heródoto llegó al final del mundo. Ante él se extendía, por un lado, el océano cargado de bestias como tormentas y un millar de historias más por ocurrir. Al otro lado había una tierra extensa, poblada de personas con un solo ojo cuando caminaban de lado, frutas extrañas, posibles dioses que el panteón helénico había olvidado admitir y una serie de geógrafos vagos que no compartían conocimientos. Todo esto vio, desde su caballo, al borde del fin del mundo y Heródoto no dijo nada. Sin embargo, algo añadió, quizá intuyendo el turismo.