No es fácil sentarse en la televisión y mirar todo el rato. Haz la prueba. A los cinco minutos ya estás pensando. Te obliga a mirarte por dentro, a tener que preguntarte si tú harías esto, si necesitas comprar esto otro, si los hombres que gritan tienen razón y si los que callan, sospechosamente, tienen algo que decir. J, para evitar estas costumbres, miraba a lo alto y, al tuntún, decía lo que le parecía. Muchas veces no coincidía con el programa que estaban viendo. A. le preguntaba si quería comer. Ella ponía música y él seguía respondiendo.

- Me duele de no.