Cerraba la mano en la cama, con su mujer al lado, respirando fuerte. Había comido lentejas y esperaba a que le hiciesen efecto, desde el día de ayer. En algún momento tendría que explotar: era una cuestión de que nadie lo viese y poder sentirse liberado y sin las responsabilidades de sí mismo. Le da un beso a ella en el cuello y le huele un poco la oreja, una costumbre de los dos en la que queda algo de ritual.
Dormido el sueño es tranquilo y lleno de patitas, como siempre. Al despertar espera que la cercanía lo haga más solo.