Quizá no venía con la mochila más vacía, pero sí más ligera. Llevaba una docena de libros y unas fotos y la ropa sucia (tal como se la llevó) y un dedo roto y la discusión, sin resolver, dentro de la cabeza de un borracho. Llevaba el sol y la lluvia que este año no había tocado, pero volvió a casa sin síntomas de haber abandonado en algún momento.