A Adán, en la puerta del paraíso, le era indiferente que sus hijos jugaran a la pelota o a lo que tuviera que ser mientras no discutieran. Si llovía y este no tenía mucho que hacer disfrutaba viéndolos y se reía de que no se diesen cuenta de que estaban con un pie dentro y otro fuera. Ellos se le quejaban de que tiraban las cosas a lo alto y muchas no volvían o que caían transfiguradas. Una vez, Zet había aventado un gato y calló una liebre, dando origen al famoso giro. Una espada de fuego, al parecer, cuidaba la entrada del Jardín por encima, y por debajo aún nadie conocía una entrada segura, porque, como habían visto, todo paraíso es peligroso. Adán no se entristecía del todo, sabía que si por lo menos el deseo nos virginizase, pero cuesta tan poco volver a comenzar de nuevo que la sospecha es mutua. Te quedas temblando frente a la puerta, a un hilo pobre y desnudo, que parece imprescindible, sobre todo si es el único.
Luego Adán tiraba a lo alto una hoja de parra y, al no bajar, sonreía y suspiraba, que los tiempos no cambian, pero sí sus cosas.