Llegaron a los arcos de la hermita abandonada de Burguillos. Los distinguieron del paisaje por la curvatura de las espigas, cargadas como estaban de sol, pero dispuestas a no sujetar al cielo, sino al viento, que es otra forma en el que el mar se incorpora a la tierra. H, indiferente, levanta la barbilla y se echa agua por la cabeza. Inmediatamente después se cubre de un pañuelo verde que se oscurece con la humedad. J se apoya en un arco y se afloja el calzado. Allá, de espaldas al monasterio, pareciera que no se ha vivido nunca.
- ¿Cómo andas?
Las ruinas permiten una sombra cerrada, pero la imaginación no ocupa el resto del paisaje.
- Pasa...
Y el agua refresca hasta los ojos de j.
- Y que hayan traído estas ruinas piedra a piedra ahora que parecen imposibles de separar unas de otras.
Y se miran e intuyen. J se lava las manos y echa a andar.