Cruzaban el puente de Seguillo y él miró al agua y al final del cauce que abarcaba la vista un relámpago parecía iluminar parte del lecho y, por un instante, J se imaginó ardiendo el río Seguillo, cubierto de luz en la superficie y vaciando el aburrimiento de la crecida invernal. H, sin él, había recorrido varios kilómetros y gritaba por el valle y su voz casi caminaba sobre las aguas. Aún en el puente, pensando si tirarse a salvar la visión, J no respondía, la había dejado más sola ahora que ella empezaba a desatenderse.
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