J llegó en verano al mar. Le habían hablado tanto de él que no lo vio. Quiso confundirlo. Era el techo de una ballena o una carretera limpia o un desierto que respira. Cualquier cosa, porque él, que venía de un pueblo de la montañana, nunca había visto un cielo tan limpio, caliente y abarcardor, como una piedra de luz.
Por un rato, antes de darse cuenta de que estaba solo, se quedó pensando si, acaso, él también sería un horizonte.