en las universidades se encerraban a los centauros, los dragones y los gigantes. No es que quisieran estudiarlos, era más bien un acto humanitario. Los rectores comprendían, de cierto modo, que la extinción nos llega a todos y que el mundo no está como para hacer excesos.
Por lo general, enfrente, había una iglesia y una capilla, cuando no coincidían los dos recintos (las aulas y los refrectorios). En este otro sitio aparecían bandidos, asaltadores, perseguidos y ladrones, todos, acogidos a sagrado. En un altar la temporalidad no existe, la ley no se ha escrito o ha pasado de moda, pero no las intenciones. Las luchas míticas entre caballeros y dragones, como se puede entender, sólo se dieron dentro de habitaciones pequeñas y los gigantes, en salas de discursos, fueron perseguidos o mataban sin piedad en arrebatos de furia. Nadie les quitó la razón, en la Universidad siempre se ha sabido bien y en aquel momento presentían la mala fama póstuma de aquellos seres y que, de todas maneras, el final de sus vidas se las pasaban encerrados sobre escritorios. Pero ya era una costumbre, más no podían hacer.
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