La caída fue por el sin saber porqué. Yo le pedía un ladrillo y él gritaba más fuerte como si tuviese la lengua del revés. Al paleta de mi lado también le pasaba lo mismo: pero yo sólo pedía un ladrillo. Vino otro, enfurecido, y me empujó a mí fuera como podría haberlo hecho con otro. Me consta que no nos entendía a ninguno y sólo quería salir de allí, abrazado a quien fuese.
Babel no estaba terminada, pero la altura era suficiente.
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