J. y yo esperamos y, por frío, nos cogemos de la mano, sin hablar. Sentíamos llover y correr el viento. Debajo de la marquesina no siempre podíamos sentarnos, pero esperábamos, uno junto al otro, recorriendo en su inmensidad un hilo de plata -entre su mano y la mía-, el gesto hecho, da igual por quien, pero suficiente. La gente llega y mira a alguien que parece esperar entre J. y yo.
- ¿Cómo se llama?
Él se puso triste y quiero responder: parece simple. Contra las apariencias yo no estoy (ni nadie) detrás de la mano de J.