El increíble hombre de los bienes jugaba a la bolsa todos los jueves porque así lo había aprendido en casa (su padre tenía la mala suerte de llamarse Juvenal por lo mismo). Si fuese juez, sería ciego. Cuando tuvo que desposarse elegió a dos, una con la que casarse y otra a la que se tendrían que parecer el resto. Cuando tiene, elimina las copias y para él la pobreza es una cuestión de higiene y regala toallitas y kits para colgar en la ducha de las favelas.
Alguien, una vez, le dijo que mirase a aquel viejo y a aquel enfermo y se partió de la risa. Desde entonces, lobotomías y unos microbios en puntos estratégicos de la cara le han paralizado esa sonrisa. Si su padre fuese de novela le daría un bofetón antes de morir, a ver si se le iba, ya que el resto es testamento.
« El oculto | Inicio | Jano Restrepo II »

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados