El edificio de la Costafrida ya estaba en ruinas cuando lo vi caerse. Nunca viví muy cerca de él pero siempre aparecía en mis conversaciones con forasteros. Apenas he salido un par de veces de viaje y las dos, al pensar en mi casa, la recordé como si fuese el edificio, en ruinas, repleto de nidos desahuciados por las golondrinas y unos muros repletos de liquen. Todos en el pueblo, cuando iban a un discurso del Partido Blanco aplaudían si el orador utilizaba una alusión o una metáfora del edificio, igual que gustó cuando los del Frente Negro eligieron su antigua silueta como fondo del logotipo. Ahora ya no sabría decirlo con exactitud, pero me parece que el edificio no era especialmente alto, quizá un poco más que algún palacio de un pueblo vecino, pero el más alto de la zona no, desde luego. Muchos dicen que la altura no es lo importante –y tienen razón-, sino la sensación de altura y el edificio de la Costafrida tenía una sensación muy alta entre el pueblo.

El maestro de la escuela nos había enseñado, señalando por encima de las verjas, que había sido mandado construir por el Marqués Azul, como regalo al pueblo por su enlace con una lugareña. No se terminó, al parecer, porque se consumó la boda por adelantado. Después, sobre un supuesto del plano original –que se perdió en los orígenes- trabajaron reformistas, arquitectos, obispos, banderilleros y, hasta en la guerra, el edificio de la Costafrida, dividido escrupulosamente por la mitad –o eso aseguran las guías turísticas-, sirvió de polvorín a uno y otro bando.

Hace unos años, don Venancio, un exaltado del pueblo, consiguió demostrar que el edificio había tenido techo y hasta ventanas. Don Venancio montó exposiciones de cuadros que simulaban, al fondo, un tejado que debía pertenecer al de Costafrida. Su imprenta ayudó bastante a difundir esta idea y su activismo feroz no se detuvo en la incomprensión de sus contemporáneos. Ahora que se le relee en la distancia, se le toma mucho más en serio. Sin embargo tuvo que esperar hasta su muerte para que el Costafrida se fuese convirtiendo, poco a poco, en un lugar de peregrinaje. Al principio empezó como una broma de mal gusto de unos borrachos después del funeral del maestro Venancio. Esto se contestó con la seria decisión de instaurar cada primera noche del segundo sábado de noviembre una celebración patria que consistía en que el pueblo se reuniese en el solar que tenía el edificio a esperar el atardecer y, luego, todos juntos, encender una hoguera. Alguien dijo que si esa noche se cocía una sopa con el fuego de la hoguera y un poco de grava del edificio quien la tomase dormiría caliente durante todo el año. Después apareció el desengaño, una enfermedad autóctona y la receta –que muchos aseguran que es mágica- de nuestra popular “sopa de los enamorados”. Pero mientras llegaban los científicos a prohibirnos el consumo de esta tradición, la gente sacó piedras a espuertas, las ferreterías rebajaron el precio de los cinceles y los pueblos vecinos vinieron a conocer la maravilla.

Cuando un niño –al que se le conoce como el del último tirachinas- se dio cuenta de que el edificio se tambaleaba, en el pueblo empezó la suspicacia sobre la seguridad de los edificios públicos (el ayuntamiento, la iglesia, el juzgado, el bar…) que estaban pegados a él. Entonces vinieron unos señores de la capital, mandaron poner unas vallas de reja verde, recalificaron los terrenos y el ayuntamiento integró el espacio con edificios de hormigón armado. La visita estaba prohibida: sólo las autoridades y la obligada fiesta de la primera noche del segundo sábado de noviembre podrían, desde ese momento, pasar al interior.

El equilibrio del edificio de la Costafrida ha sido nuestro orgullo durante años. Que se mantuviese en pie pese al expolio extranjero nos regocijaba y nos atormentaba los días de viento. De la fiesta –a la que nunca he asistido por cuestiones meramente profesionales- cuentan que no se estornuda y que los bailes son tranquilos y espectacularmente bellos porque siguen la ondulación de los muros.

La última hoguera fue hace una semana. La verdad es que la gente salió muy contenta y sofocada. Lo sé porque a la mañana siguiente había tanta cantidad de botellas, paraguas, bufandas y demás prendas como todos los años. Y como todos los años no debía quedar ni rastro antes del mediodía. Ya estaba lloviendo a cántaros cuando, en un ataque de risa, golpeé con la pala a una punta de hierro que apenas sobresalía. Primero saltó un canalón de información que decía el año de comienzo de construcción del edificio. Este arrastró una pila de basura que, empujada por el peso del agua, cedió y barrió parte de la grava de la base del edificio. Así los muros comenzaron a saltar en cadena, como un dominó gigante. Gracias a la lluvia, el derrumbe no levantó mucho polvo.

Hoy me dicen que esto que escribo tiene que llegar al juzgado y que no me preocupe que en el fondo, los que me juzgan ahora lo hacen mucho más tranquilos.