El edificio de
El maestro de la escuela nos había enseñado, señalando por encima de las verjas, que había sido mandado construir por el Marqués Azul, como regalo al pueblo por su enlace con una lugareña. No se terminó, al parecer, porque se consumó la boda por adelantado. Después, sobre un supuesto del plano original –que se perdió en los orígenes- trabajaron reformistas, arquitectos, obispos, banderilleros y, hasta en la guerra, el edificio de
Hace unos años, don Venancio, un exaltado del pueblo, consiguió demostrar que el edificio había tenido techo y hasta ventanas. Don Venancio montó exposiciones de cuadros que simulaban, al fondo, un tejado que debía pertenecer al de Costafrida. Su imprenta ayudó bastante a difundir esta idea y su activismo feroz no se detuvo en la incomprensión de sus contemporáneos. Ahora que se le relee en la distancia, se le toma mucho más en serio. Sin embargo tuvo que esperar hasta su muerte para que el Costafrida se fuese convirtiendo, poco a poco, en un lugar de peregrinaje. Al principio empezó como una broma de mal gusto de unos borrachos después del funeral del maestro Venancio. Esto se contestó con la seria decisión de instaurar cada primera noche del segundo sábado de noviembre una celebración patria que consistía en que el pueblo se reuniese en el solar que tenía el edificio a esperar el atardecer y, luego, todos juntos, encender una hoguera. Alguien dijo que si esa noche se cocía una sopa con el fuego de la hoguera y un poco de grava del edificio quien la tomase dormiría caliente durante todo el año. Después apareció el desengaño, una enfermedad autóctona y la receta –que muchos aseguran que es mágica- de nuestra popular “sopa de los enamorados”. Pero mientras llegaban los científicos a prohibirnos el consumo de esta tradición, la gente sacó piedras a espuertas, las ferreterías rebajaron el precio de los cinceles y los pueblos vecinos vinieron a conocer la maravilla.
Cuando un niño –al que se le conoce como el del último tirachinas- se dio cuenta de que el edificio se tambaleaba, en el pueblo empezó la suspicacia sobre la seguridad de los edificios públicos (el ayuntamiento, la iglesia, el juzgado, el bar…) que estaban pegados a él. Entonces vinieron unos señores de la capital, mandaron poner unas vallas de reja verde, recalificaron los terrenos y el ayuntamiento integró el espacio con edificios de hormigón armado. La visita estaba prohibida: sólo las autoridades y la obligada fiesta de la primera noche del segundo sábado de noviembre podrían, desde ese momento, pasar al interior.
El equilibrio del edificio de
La última hoguera fue hace una semana. La verdad es que la gente salió muy contenta y sofocada. Lo sé porque a la mañana siguiente había tanta cantidad de botellas, paraguas, bufandas y demás prendas como todos los años. Y como todos los años no debía quedar ni rastro antes del mediodía. Ya estaba lloviendo a cántaros cuando, en un ataque de risa, golpeé con la pala a una punta de hierro que apenas sobresalía. Primero saltó un canalón de información que decía el año de comienzo de construcción del edificio. Este arrastró una pila de basura que, empujada por el peso del agua, cedió y barrió parte de la grava de la base del edificio. Así los muros comenzaron a saltar en cadena, como un dominó gigante. Gracias a la lluvia, el derrumbe no levantó mucho polvo.
Hoy me dicen que esto que escribo tiene que llegar al juzgado y que no me preocupe que en el fondo, los que me juzgan ahora lo hacen mucho más tranquilos.

Me gustó mucho!
Hola! gracias por tu comentario... ¿cómo puedo hacer para facilitar la lectura? a qué te refieres exactamente??
Besotes!