Viajaba con un carrusel de papel, una de esas veletas que según soplaba el viento y, al estar echa de colores, los mezclaba o daba predominancia de uno sobre otro. Soplaba tanto que acabó teniendo unos cansancios terribles, pero ganaba pulmón. Al cabo de un tiempo descubrió que ayudándose con una caña podía dirigir mejor el aliento.
En un momento de fuerza vio que el color desaparecía del carrusel y se volvía blanco. Hubiese esperado el negro, pero es más fácil intuir que todos los colores son blancos. Volvió a soplar y a mantener el molinillo en un giro frenético, perfeccionando los colores y viendo un blanco más puro y limpio. Enseñaba el milagro contenta y luego la miraban, también vestida de blanco, sin poder adivinar si algo en ella giraba y quién era el que estuviese soplando por encima de sus faldas.