Sin dejar de fumar, se levanta un poco después de haber visto a la perra. Llueve a cántaros. Se rasca el bolsillo del pantalón y mira despacio la verja, camina el amplio del jardín sin mirarla a los ojos ya que es lo más cercano a un gesto de dignidad o a una forma de zafarse de las órdenes. Y es que la perra salta el cercado con frecuencia. Había electrizado la malla metálica con unas baterías de coche y, con el tiempo, había puesto unos refuerzos que levantaban medio metro el salto. Después se dio cuenta de que tenía que estrechar los barrotes de la puerta.
Y la perra se seguía escapando y él, los domingos, tan solos como están en el campo, los acompañaba en el trabajar de las vallas, los agujeros y la puerta del jardín. Alguna vez la ha visto marcharse, saltar dos metros increíbles y caer sin hacer ruido. Más que un salto, algo menos que un vuelo. Como si pudiese pedir a cambio, la perra, gris por la lluvia, cruzaba el portón con la cola alta y la nariz atenta.
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