Ya vuelve el rey de la santa cruzada. En Waiblingen, pueblo natal del emperador, lo esperaban audaces, con los caballos resoplando, llenaron hasta el absurdo los escaparates de las tiendas, las hijas de sus putas favoritas habían comido dulce y fruta y hasta el pueblo tiraba más agua por la ventana que nunca.
Ya llegaba el rey que descendía del oso y el que había cruzado los Alpes, el mismo que desafió a los ingleses y había reunido la mayor tropa de la cristiandad. Un hombre tocado por Dios. Hoy vuelve a donde nació dentro de un tonel de vinagre. Dicen que se quedó en un río de Anatolia, pero las plañideras venían oscuras, muy oscuras y los llantos suelen ser por cualquiera.
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