Hace tiempo que estoy siguiendo a un blogger que me escribe lo que me pasa en posts inexactos. Bueno, eso era al principio, cuando leía, en tercera persona, las cosas de J. y su vida, mi vida. Además el blogger elegía lo más ridículo, lo que no podía interesar nadie (excepto a mí, que iba a verlo cada vez más amenudo). Y luego se fue poniendo parejo a mi vida. El ritmo de posteo era más constante y el blog se arreglaba a mis horarios, se ceñía día a día lo que hacía y empezó a adelantarse.
No es broma. Una noche empezó contando un sueño, un sueño de una estación que se levantaba mirando al norte. Por supuesto, esa noche la vi, azul y con dos amigas dentro. Y desde entonces el blog empezó a alejarse, un paso por delante, pronosticando en horas lo que me iba a pasar, amputándome la capacidad de libertad, de tener que decidir mi futuro. Si un perro me mordía en el blog, aunque procurase no salir a la calle en aquel día, al siguiente, por necesidades laborales, me mordió el jefe. Y se iba alejando y alejandohacia delante. Hace dos meses me llevaba una distancia, aproximada, de dos años. Dijo que me tumbé en la hierba, la pajas secas del verano y, mirando al cielo, me moría de sed.
Desde entonces no ha escrito nada más.