Recuerdo la vez que salté la acequia. Había estado riéndome al sol durante toda la tormenta. Recuerdo que fue la primera vez que vi a una mariquita abalanzarse sobre un pulgón viviscente y cubrirlo. Del vientre le salía un moco grisácero y apestoso, como a animal muerto, del que el pulgón no se zafaba ni rezando pata arriba y pata abajo. Estuvo bailando hasta que lo gris se convirtió en verde. Incluso quieto y con la mariquita relamiéndose parecía que podría levantarse en cualquier momento para seguir comiendo de los fresales. Y la mariquita siguió su curso. Y no se levantó.
Fue la primera vez que me dio miedo pensar en que lo vivo lleva a la muerte en las tripas.
...
Para volver a casa tuve que saltar la acequia. Al otro lado, las pajas secas de unos dondiegos que descuajé cuando perdí el equilibrio. Así me corté las manos y me caí en la mitad del caudal, que venía con el agua recogida de la tormenta.
Ahora, que es cuando siento vergüenza de todo aquello, no consigo concretar la intensa alegría de reconocer el olor verde.

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