Tarde. Exterior.
Una joven se ríe, mano en boca, junto a un compañero de trabajo.
-No, no me apetece. Mañana nos vemos, Marla.
Un viejo apoyado en un taxi le gritó que aprovechase.
-Lo hagas o no, después lo vas a echar en falta...
Podía tener razón. Aquel viejo sólo podía... un viejo sabio.
- ¿Le apetece una caña?
Se sentaron a la mesa y el anciano se sorprendió de la abundancia con que llenaban los platos. Raciones enteras que el joven no tocaba o no parecía ver y con las que él se ponía morado. Comía y el joven charlaba y casi no dejaba tiempo, con educación, a masticar por una pregunta interesante. Entonces le dejaba cancha, que se explayase. El viejo no sabía si hablar o comer. Mientras, el joven pedía más y más platos, botellas de vino de las que sólo probaba un vaso. Hablaba de su trabajo, de puentes, de fútbol, de las mujeres y los juegos de cartas. El viejo casi se atraganta con un trozo de morcilla y, desde entonces, algo le estaba sentando mal.
Se quedó ahíto y el joven seguía pidiendo platos y haciendo preguntas. Acercaron otra mesa y los dos, a plato lleno, siguieron charlando.

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