El arroyo translucía las algas que crecían en torno a los guijarros. Alegre, con la mano hinchada, j sacó algo viscoso mientras el fondo se volvía turbio. Sólo por ese instante parecía que el arroyo fuese algo que nadie pudiese volver a tocar.
La corriente movió una piedra y estiró la frágil nube de barro. Un alga desprendida se arrastró más allá de dónde llegaba la vista.
En el museo del futuro se apilan miles de algoritmos que están a punto de ser famosos. Ruecas y sillones, apuntes de poemas, vísperas, fiestas perecedoras. Todo comentarista es profesta y cuadno se tiensa una cuerda sobre ella corre un nuevo modelo locomotor, un humo que no ocupa sitio, la paz bilateral de alguna guerra.
releyéndome, ajeno a mí, me pregunto si he sido verdaderamente fiel.
Casi atardece y el sol entra por la ventana, cortando de un tajo la habitación: hasta la suela de las zapatillas gana textura. La fidelidad importa menos que el mundo.
Un par de pioneros en un llano. El carro se atora, no porque caiga en un bache de barro, sino porque el caballo está extraño y se duerme. Lleva tapamiedos demasiado grandes. El pionero baja y supone que es una rueda atascada. Pasa de largo sobre los ejes y se pone a empujar. El peso del convoy familiar y el caballo dormido son demasiado para él y suda. Casi forma un charco en su bache. El cielo está densamente nublado.
- Y parecía que no iba a llover.
- Seguro que ya pasó alguien por aquí...
- Este llano llevará nuestro nombre.
Mientras cogía las riendas pinchó con una aguja el lomo del animal.
Después de las cenizas la marca digital del rastreador que siguió la pista.
- Parece una nerviación... están frías.
Y en el desierto, por una luz azulada, pareciera que podrían empezar a reverdecer si les volviesen a acercar una brasa...
En una barraca, pintada de rojo y verde a mano, un charlatán miraba con cuidado al público. Un cartel de la puerta explicaba simbólicamente que dentro había un espectáculo inimaginable, al que sólo se puede salir -nunca entrar- y que eso, lo siento, no se puede explicar con palabras. Habían colas enormes de gente aburrida de dar vueltas o comenzar una montaña rusa que no parecía acabarse. En la puerta del vagón rojiverde se instalaron, con otros colores, otras ferias pequeñas y un tiovivo y unas casetas de disparo al prójimo debidamente enmascarado de microzoo. Junto a estas se repetían otras colas de otros vagones de colores donde se enseñaba a salir, entrando.
Y los que salían no volvían a esperar, habían tocado el suelo. Y era cierto.
Al borde del pueblo bajaba un torrente lleno de peces y las cañas, las choperas, el mosquito de la tarde, se agitaban en las orillas. El mundo era increíble en ese verano cubierto de agua y las mujeres reían para ir a lavar la ropa a las orillas del río inmenso.
En invierno, la gente del pueblo vestía de sucio. Con el hielo, el río está en lo alto de la montaña, apilándose.