La Coctelera

Categoría: Alambre de espiral

La talla

H. fotografiaba trayectorias de los pájaros nocturnos. Dejaba la cámara fija y esperaba a que pasasen, cruzando el cielo, formando trazos de constelación.
- Los romanos hacían lo mismo...
- Pero sólo de día.
No podía esperar y tenía un dispositivo, un infrarrojo que se usa la luna llena y no siempre. Si las fotos no fuesen demasiado defectuosas no se habría encariñado de ellas.
Para matar el tiempo mientras las tiraba aprendió a hacer cosas en la oscuridad. Tallaba, con un cuchillito ,los pájaros que iba a fotografiar. Las tallas eran milimétricas, detalladas, en contraste con las fotos, siempre movidas, llenas de un aleteo inconstante y disperso. Así la tienda de campaña se llenó, extendida y recogida, de un círculo de figuritas de madera, que aún a mediodía, parecían seguir mirando la noche.

Espectativa

H hacía mucho ruido al tragar. Estaba al borde del llanto desde que habían descubierto una pastora joven que memorizaba poemas de Machado.
- ¿Estás enamorado?
J cortaba pan y lo repartía para los dos.
- Dímelo.
Untando un poco de queso: "¿Y cómo quieres que lo sepa si no dejas de mirarme?"

En lo alto del laurel

En lo alto del laurel: H.

- Mírame, voy a hacer que llueva.

Cualquiera le dice ahora que hay una historia parecida de alguien poderoso (y más que poderoso, divino) que persigue a una muchacha y sólo consigue llorar. Y H hace un gesto raro, como debió aprender en la retrasmisión de unas olimpiadas, lo más cerca que estuvio de la gloria universal. Da un primer paso y la rama cruje. Al segundo los brazos han ido directos a las ramas de los lados. Mira a la mochila que espera en el suelo.

- Pronto se llega tarde.

El cielo, impoluto, nos trae el recuerdo de una campanada.

Accidente

-Desde que renaces, el cielo continúa.

Y H asomada a lo alto, descubre bolsas y pequeños residuos de otros
campamentos. Refunfuña. Aparta la cara. Pega una patada a una piedra que rebota hasta la rodilla de J. Este cae y mira atrás. Lo que antes era cielo, ahora parece un bosque.

- Con los besos no se ablandan las piedras.

Socorrismo

H salía de la iglesia de Mues sin haber puesto una uña encima de la naranja, con la boca abierta y los dientes un poco extraños brillando al sol.
La viejita que cuida de la puerta y del sacristán le hace un gesto a J como si dos jóvenes en solitario sólo estuviesen en concubinato.
- No es una mujer perfecta. Nos estamos acompañando en el camino.
Y acto seguido la abuelita sale corriendo. H se había olvidado que existía un peldaño en la puerta.
No se hace daño.

Fe en errata

- Hace frío.
Y H se le acerca recordando el momento de despertar que tuvieron hace un rato. Está cansada y le gusta sentirlo. Respiran el mismo aire debajo de la tela. J la toca: suda.
- ¿Nadie se baña dos veces en el mismo día?

recuero de Sergio Leone

Se había agarrado al dintel verde de Mues. H decía que lo recordaba de otra vida, que era la energía que había perdido. J estuvo por levantarla de inmediato y salir a andar: tendría que haber mentido, decirle algo sobre la energía de esa puerta está más adelante, que lo que no se ve del fondo de la casa es su propia profundidad, pero en Mues no se gastan casas sin paredes de alacena. Mejor esperar, se decía que caminar separados.

Comida en el caminio

Como el animalito escondido, H come por lo menos. Tiene la sensación de que pierde mundo, de que hay cosas más importantes para sostenerse en pie (lo intuye, la han convertido en la maquinaria que miró a lo alto de los árboles). Se cubre la cabeza y pone mala cara. Sin saber los días que quedan de viaje este es el tercero (tres de tres) que comen lo mismo.
- Pero nuestro amor nos basta.
Y mira el horizonte calcinado por el sol.
-Qué lástima.
El arroz se le ha caído al suelo. Lo patea y lo esparce rodeando un hormiguero. Coge la mochila y se agarra del estómago. Se marchan antes de de que el mal tiempo se afane y alguien empiece a mosquearse.